Una mirada más allá del espejo
Hola, amigas. Aquí estoy de nuevo.
Hoy quiero hablaros de algo que parece muy sencillo, pero que, cuando intentamos definirlo, se vuelve mucho más complicado: la belleza.
¿Qué significa realmente ser bella?
Durante siglos hemos intentado encontrar una respuesta. Hemos creado cánones, proporciones y modelos de belleza que han ido cambiando con el tiempo.
Lo que ayer considerábamos hermoso puede parecernos hoy anticuado. Lo que en un lugar del mundo se considera bello puede resultar completamente diferente en otro.
Y, sin embargo, seguimos buscando una especie de fórmula que nos diga qué es una mujer bella.
Quizá porque hemos aprendido demasiado pronto a mirarnos en el espejo.
Y demasiado poco a mirarnos de verdad.
¿Es malo querer sentirnos guapas?
A todas nos gusta sentirnos guapas.
Hay algo muy especial en el ritual de cuidarnos: elegir un vestido que nos gusta, probar un nuevo tono de labios, cambiar nuestro corte de pelo o salir de la peluquería sintiendo que algo ha cambiado.
No hay nada superficial en querer gustarnos.
El problema aparece cuando confundimos gustarnos con tener que gustar.
Durante mucho tiempo, a las mujeres se nos ha enseñado que nuestra apariencia era una parte fundamental de nuestro valor.
Lo veo incluso en las cosas más pequeñas.
Cuando una niña se sienta en la peluquería, uno de los primeros comentarios que suele escuchar es:
«¡Qué guapa estás!»
Y pienso que también deberíamos decirle:
«Qué personalidad tienes.»
«Qué imaginación.»
«Qué bien has defendido tu opinión.»
«Qué inteligente eres.»
«Qué generosa.»
Porque, por supuesto, podemos decirle que es guapa.
Pero también deberíamos enseñarle que eso es solamente una pequeña parte de todo lo que es.
La tiranía de lo bonito
Vivimos rodeadas de imágenes que nos dicen cómo deberíamos ser.
Una piel luminosa.
Un cuerpo determinado.
Un cabello perfecto.
Juventud.
Simetría.
La silueta que está de moda esta temporada.
Y lo curioso es que los cánones cambian constantemente, pero la presión permanece.
Antes queríamos parecernos a una modelo o a una actriz.
Hoy podemos pasar horas mirando fotografías en redes sociales de mujeres cuya imagen ha sido cuidadosamente construida.
Y, casi sin darnos cuenta, podemos terminar pensando que nuestro cuerpo es un proyecto que nunca está terminado.
Siempre hay algo que cambiar.
Una arruga.
Una cana.
Unos kilos.
Una parte de nuestro cuerpo que no nos gusta.
Como si envejecer fuese algo que tuviéramos que corregir.
Y yo creo que merece la pena detenernos un momento aquí.
La juventud es preciosa, por supuesto. Tiene frescura, espontaneidad y luminosidad.
Pero también existe una belleza que aparece con los años.
Hay rostros que se vuelven más interesantes.
Miradas que adquieren profundidad.
Mujeres que, con el paso del tiempo, dejan de intentar parecerse a alguien y empiezan a transmitir algo mucho más difícil de conseguir:
presencia.
Cuando la belleza no es evidente
Hay mujeres que quizá no encajan perfectamente en los cánones tradicionales y, sin embargo, tienen algo que hace que no podamos dejar de mirarlas.
Pienso, por ejemplo, en Tilda Swinton.
Su belleza no es convencional. Tiene algo andrógino, misterioso y casi irreal.
Pero cuando aparece en una pantalla, ocurre algo.
La miramos.
No necesariamente porque sea perfecta según los cánones tradicionales, sino porque tiene una presencia extraordinaria.
Y también pienso en Bette Davis.
Su rostro tenía carácter. Su mirada hablaba. Había inteligencia, ironía y fuerza.
Quizá ahí encontremos una pequeña pista:
la belleza no siempre está en nuestros rasgos. A veces está en lo que hacemos con ellos.
Una mirada puede ser bella porque transmite personalidad.
Una sonrisa porque es sincera.
Una forma de caminar porque transmite seguridad.
Una voz porque tiene algo que contar.
La mujer que entra en una habitación
Hay mujeres que, cuando entran en una habitación, no son necesariamente las más guapas.
Pero las miras.
No sabes exactamente por qué.
Quizá sea su manera de moverse. Su forma de hablar. Su sentido del humor. La tranquilidad de quien no necesita demostrar nada.
Hay algo magnético en una mujer que se siente cómoda dentro de su propia piel.
Y esa seguridad no siempre llega con la juventud.
Muchas veces llega después.
Quizá una de las formas más bonitas de madurar sea dejar de preguntarnos si somos suficientemente guapas y empezar a preguntarnos si somos suficientemente nosotras mismas.
Porque la seguridad también embellece.
La inteligencia.
El humor.
La cultura.
La sensibilidad.
La bondad.
El carácter.
La capacidad de escuchar.
La valentía.
Incluso nuestras cicatrices.
El verdadero cambio empieza cuando nos descubrimos
Hay una idea que me parece especialmente bonita en La otra hermana Bennet, de Janice Hadlow, una novela que vuelve a contar la historia de Mary Bennet, el personaje menos favorecido de la familia de Orgullo y prejuicio.
Mary es la hermana que no destaca.
La que no recibe las miradas.
La que parece quedar siempre en segundo plano.
Pero su historia puede leerse también como la historia de muchas mujeres que alguna vez sintieron que no eran suficientes.
Y lo interesante es que su transformación no consiste simplemente en convertirse en alguien más atractiva.
Consiste en descubrirse.
Conocerse.
Aceptar sus capacidades.
Dejar de compararse.
Encontrar su propia voz.
Y quizá ese sea el verdadero viaje de muchas mujeres.
Pasamos años intentando convertirnos en la mujer que creemos que los demás quieren ver.
Y, un día, casi sin darnos cuenta, empezamos a convertirnos en la mujer que realmente somos.
Ese cambio puede ser mucho más poderoso que cualquier cambio de imagen.
Belleza y atractivo no son exactamente lo mismo
Quizá también hemos hablado demasiado de belleza y demasiado poco de atractivo.
Porque no son exactamente lo mismo.
La belleza puede conseguir que alguien se detenga.
El atractivo consigue que quiera quedarse.
Y el atractivo no siempre tiene que ver con la perfección.
Tiene que ver con la energía.
Con la personalidad.
Con la manera de mirar.
Con la inteligencia.
Con el misterio.
Con la autenticidad.
Con esa pequeña imperfección que hace que un rostro deje de ser simplemente bonito y se convierta en inolvidable.
Hay mujeres que no parecen extraordinarias en una fotografía y que, sin embargo, cuando las conoces tienen una luz imposible de capturar con una cámara.
Porque la belleza también necesita movimiento.
Necesita voz.
Necesita vida.
Quizá deberíamos aprender otra manera de mirarnos
Me gustaría que las niñas crecieran sabiendo que pueden ser guapas, por supuesto, pero que eso es solamente una pequeña parte de todo lo que pueden llegar a ser.
Que pueden ser brillantes.
Valientes.
Creativas.
Divertidas.
Ambiciosas.
Generosas.
Que pueden equivocarse.
Cambiar de opinión.
Envejecer.
Tener arrugas.
Tener canas.
No gustar a todo el mundo.
Y seguir siendo extraordinariamente valiosas.
También me gustaría que las mujeres pudiéramos mirar a otras mujeres y admirarlas sin compararnos inmediatamente.
Celebrar su belleza sin pensar en la nuestra.
Alegrarnos por sus éxitos.
Acompañarnos.
Compartir.
Abrirnos camino unas a otras.
Porque existe una belleza especialmente poderosa en una mujer que no necesita apagar a otra para brillar.
Al final, ¿qué es la belleza?
Quizá sea todo aquello que nos conmueve.
Un rostro.
Una mirada.
Una conversación.
Una mujer que se ríe sin preocuparse por cómo aparece en una fotografía.
Una mujer que lleva sus años con orgullo.
Una mujer joven que todavía está descubriendo quién quiere ser.
Una mujer que entra en una habitación y no necesita pedir permiso para ocuparla.
Una mujer que ha sufrido y no ha perdido su ternura.
Una mujer que conoce sus defectos y ya no siente la necesidad de esconderlos.
Una mujer que sabe quién es.
Porque quizá la belleza más poderosa no sea la que consigue que todos nos miren.
Quizá sea la que nos permite dejar de mirarnos constantemente a nosotras mismas.
La que aparece cuando dejamos de perseguir un ideal imposible y empezamos a habitar nuestra propia piel.
Y entonces comprendemos que quizá el verdadero cambio no consiste en convertirnos en otra persona.
Consiste en descubrir a la mujer que ya estaba ahí.
Y esa, para mí, es una de las formas más hermosas de belleza.
Con cariño,
Gildapelu